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13 de diciembre de 2014 / José

Vivienda participativa

Se convirtió en un tópico ideológico la consideración de que un individuo es todo aquello que se opone al Estado; y por Estado debemos considerar aquello que los griegos entendían por polis. No obstante, el individuo no solo no es el contrario del Estado, sino que únicamente existe dentro del Estado. Un individuo es libre mediante su participación en la administración de la polis. Que todos los individuos sean políticos quiere decir que todos los individuos, más que urbanitas, se han convertido en urbanistas.

La participación de los individuos en la administración de la polis se enfrenta al siguiente problema: la aparente incompatibilidad entre Estado y democracia. La esencialidad del concepto de Estado, consistente en el monopolio del poder coercitivo y la encarnación de la soberanía popular mediante la representación, se opone a la esencialidad de la democracia, que es la participación comprometida de todos los individuos. Las cuestiones claves de la compatibilización entre Estado y democracia son genéricamente dos: ¿quién es? y ¿quién ejerce? la soberanía. Si bien la titularidad resida en el pueblo, este no la ejerce directamente, sino a través de sus representantes.

A partir de El Príncipe de Maquiavelo y, principalmente, de las lecturas sucesivas que se hicieron de El Príncipe de Maquiavelo, la política pasó a ser entendida como una actividad que tiene sus propias reglas técnicas, es decir, como algo que no está al alcance de todos. La transformación de la política en técnica viene unida a la absolutización del poder político; este se transforma en un fin en sí mismo, un fin superior ante el cual todo lo demás pasa a ser mero instrumento. La política no solo se separa de todo lo resto, sino que convierte todo lo resto en instrumento para alcanzar el poder. Así empieza la nefasta relación entre política y poder que pervive hasta nuestros días. La razón política, además de la absolutización del poder, tiene otro rasgo identificativo: la racionalidad técnica del medio-fin.

La maximización de la relación medio-fin consiste en la obtención de la mayor cantidad de fines al menor coste posible. En la racionalidad, los fines determinan los medios. Este tipo de racionalidad es también la característica primordial de la economía, consistente en la obtención de la mayor cantidad de fines con los menores medios posibles. La razón política consiste, a su vez, en la utilización de los medios necesarios para la preservación del poder. La democracia liberal nació de una concepción individualista de la sociedad que se consuma en la premisa un hombre, un voto. La prevalencia de los sujetos y del mundo en cuanto creación subjetiva es la derivación ontológica de aquello que para la razón política es la tiranía. Sin embargo, la mayor oposición a la prevalencia de la democracia entendida como participación de la totalidad de los individuos viene del individualismo. El propio individualismo argumenta que la individualidad hace inviable el concepto de que la participación directa es la esencia de la democracia, subrayando que no puede haber participación directa porque hay demasiados individuos. Paradójicamente, es el propio individualismo quien defiende la socialización de la democracia a través de la representación.

La falta de interese de los ciudadanos por la política es el resultado intencionado de la práctica política entendida como racionalidad controlada y controlable. Esta pasividad condena los individuos a no poder transcenderse en la experiencia colectiva, permaneciendo inmersos en el mundo de los intereses privados y particulares. Al ser política, la arquitectura atribuye escala humana a las cosas. Sin embargo, la práctica profesional de la arquitectura, tal como la concibió Vitrubio para las latitudes occidentales, difícilmente puede ser política. El riesgo de mirar la arquitectura desde fuera de la arquitectura encierra la contradicción en la que la misma está inmersa: pretender cambiar una realidad que ella ha ayudado a construir. Tal como señala el sociólogo y urbanista Herbert Tonka, uno de los líderes del movimiento Utopie surgido en Francia a finales de los años 1960, la arquitectura, tanto si expresa los intereses burgueses como los proletarios, siempre estará vinculada a la represión social ya que permanece exterior a la experiencia cotidiana de la gente.

John F. C. Turner en su libro Housing by people señala que la mejora de las condiciones de las viviendas y el ordenamiento del desarrollo urbano dependen del mantenimiento o re-introducción del control local a través de garantías gubernamentales de acceso a recursos que únicamente pueden ser utilizados por la gente a un nivel local. Dentro de los recursos locales y personales están incluidos la imaginación, iniciativa, compromiso, responsabilidad, capacidad de usar áreas específicas e irregulares de terreno, competitividad constructiva y capacidad de cooperación. «Ninguno de estos recursos puede ser utilizado por poderes exógenos y supra-locales contra la voluntad de la gente.» La escala personal y la variedad local son funciones naturales e inevitables de decisiones personales y locales.

Frente a la dicotomía “público” y “privado” para la construcción de viviendas y espacio urbano, Turner plantea la posibilidad de lo local, destacando tres razones principales por las que ni las instituciones públicas ni el sector comercial privado podrían competir con el desarrollo informal y popular de la construcción residencial: la red de operadores independientes proporciona el indispensable sistema de control de modo a que las específicas exigencias personales y locales sean más fácilmente alcanzables; las expectativas de satisfacción estimulan el uso de los recursos humanos y materiales disponibles; y, finalmente, la maximización de la responsabilidad personal y, por ende, de la tolerancia. Turner concluye que los problemas prácticos de la participación ciudadana en el asunto de la vivienda o de cualquier otra actividad compleja se resumen a la triple cuestión: ¿de quién es la participación, de quién son las decisiones y de quién son las acciones? Para Turner las formas de participación más efectivas y necesarias consisten tanto en la participación de las autoridades centrales en el desarrollo local de la vivienda mediante acciones que garanticen el acceso personal y local a recursos esenciales, como en la participación de los ciudadanos en el planeamiento de recursos e infraestructuras realizado por las autoridades centrales.

Los métodos de planificación infraestructural no son extrapolables a la programación residencial. Los dados referentes al número de personas que necesitan vivienda no sirven para la construcción de casas, sino que deben utilizarse para la construcción de infraestructuras. El planeamiento, la administración y la normativa son esenciales para el proyecto e instalación de la mayoría de los servicios públicos. Sin embrago, la jerarquía necesaria de una red de suministro de agua proporciona parámetros limitadores para el desarrollo de los ambientes residenciales que aquella red soporta. La aplicación de estos principios del planeamiento al dominio de la vivienda inhibe la iniciativa local privando a la sociedad de la mayor parte de los recursos disponibles para el desarrollo urbano. La pérdida de la escala humana del espacio habitable está originada por la utilización de métodos de la planificación urbana e infraestructural en la construcción de viviendas.

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6 de diciembre de 2014 / José

La hipoteca (3)

Durante los años 1940, el Banco Hipotecario, que había sido creado originalmente para ayudar a la financiación del sector agrícola, sufre un cambio de rumbo, pasando a centrarse en el desarrollo de la riqueza inmobiliaria. El año 1943 significó el arranque de los préstamos especiales que vincularon estrechamente el Banco a ciertas líneas de la política económica del Gobierno y, en especial, a la política de vivienda. Durante la década bisagra (1950-1961) el Banco Hipotecario pasaría a ser el único instrumento capaz de dar respuesta a la política de vivienda. La paulatina transformación del Banco Hipotecario en un instrumento de la política crediticia del gobierno culminó con su nacionalización en 1962.

En la memoria del Banco Hipotecario del año 1977 se indicaba que, en observación de las directrices emanadas de los Pactos de la Moncloa, el Banco estaba trabajando para establecer una más agresiva política crediticia, «especialmente en materia de vivienda, y la creación y puesta en marcha de un amplio mercado hipotecario». Estas ideas clave condensarían la filosofía no solo para el desarrollo del Banco, sino para la fermentación de la parte más gaseosa de la burbuja inmobiliaria. Dos conceptos resultarían claves: que la hipoteca cumpliera su papel de garantía y que la hipoteca fuera el vehículo de crédito entre la inversión y el ahorro.

El sistema financiero contemporáneo que llevó a la generación de la más grande burbuja inmobiliaria es el corolario de instituciones y mecanismos financieros creados a lo largo del siglo XIX para apoyar la financiación del sector agrícola. Esta circunstancia no deja de ser una poderosa metáfora que pone de manifiesto el concepto de que una vivienda en propiedad debe ser entendida, principalmente, como un pedazo de suelo. La vivienda, lejos de ser un elemento urbano, se consubstancia como reminiscencia agrícola. La urbanización no se vincula al desarrollo del proceso de industrialización, sino a la conceptualización de la ciudad como un fragmento del campo. Tal como advirtió Walter Gropius, «la moderna población obrera de la ciudad surge directamente de la población rural. Mantiene sus demandas primitivas con respecto a la vivienda, en muchos casos, de menor nivel, en vez de tener pretensiones de mayor calidad, que corresponderían más a su nueva forma de vivir.»

6 de diciembre de 2014 / José

La hipoteca (2)

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(La Vanguardia, 24 de febrero de 1973)

El primer intento de creación de un Banco Hipotecario en España partió de una iniciativa del Marqués de Salamanca quien, a comienzos de la década de 1860, con la intención de financiar la compra de terrenos en Madrid para la construcción del barrio que llevaría su nombre, vuelve a una idea, surgida en 1858 durante un viaje a París, de crear un Banco Hipotecario vinculado a su actividad inmobiliaria. Este primer proyecto, que el Gobierno presentó a las Cortes en 1864, fracasaría, habiendo de esperarse más 8 años hasta la aprobación definitiva de la ley por la que se creaba el Banco Hipotecario de España. Durante la discusión en el Senado, en 1872, el Marqués de Salamanca argumentó que la creación del Banco Hipotecario era el único instrumento que podía proporcionar al Estado unas adecuadas condiciones de crédito que, además de hacer desaparecer la usura, servirían como garantía de la deuda pública de España.

Once años antes de la creación del Banco Hipotecario, en 6 de febrero de 1861, se aprobó la Ley Hipotecaria, cuya principal función consistía en dar seguridad a las transacciones inmobiliarias que se habían desencadenado con la desamortización de Mendizábal, mediante la cual la riqueza inmobiliaria dejó de estar en poder de las llamadas “manos muertas”. La circulación de capitales se hizo fundamentalmente mediante préstamos asegurados por las hipotecas. Una hipoteca significaba una reducción de los riesgos derivados de un préstamo. La movilidad del capital estaba garantizada por la hipoteca de un bien inmueble. La Ley Hipotecaria tenía por objetivo la protección del acreedor que confiaba en la garantía hipotecaria que amparaba su préstamo. De este modo, la hipoteca era un derecho accesorio a una obligación principal: la del pago de la deuda. Sobre esta deuda se constituía como garantía la hipoteca. Así, hipoteca y préstamo, al principio dos conceptos distintos, se mezclaron perversamente en la burbuja inmobiliaria. La hipoteca dejó de ser lo que el propietario daba como garantía, para convertirse en aquello que el futuro propietario tendría como deuda. En la burbuja, el préstamo permitió al deudor tener una hipoteca. La hipoteca no sería aquello que se daría como garantía del préstamo, sino aquello que se adquiriría con el préstamo. De este modo, lo que fue verdaderamente objeto de hipoteca fue la fuente mediante la cual se obtuvieron las rentas para la amortización del crédito. Lo que fue verdaderamente objeto de hipoteca fue el trabajo. Sin sorpresa, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria coincidió con el atroz aumento de la tasa de desempleo.

3 de octubre de 2014 / José

La hipoteca (1)

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(La Vanguardia, 19 de junio 1971)

El vínculo umbilical y causal existente entre el sector financiero y la promoción inmobiliaria nos devuelve a las fases decimonónicas del desarrollo capitalista. El origen del actual sistema bancario está directamente relacionado con la promoción, construcción y venta de viviendas. El perfeccionamiento del capitalismo a lo largo de los últimos dos siglos fue indisociable del florecimiento paralelo del sector inmobiliario. Desde mediados del siglo XIX, los agentes hipotecarios han sido los principales motores de los procesos de urbanización. Hay una relación de proporcionalidad entre crecimiento urbano y crecimiento económico. La permanente extensión de las ciudades, la superación de sus límites tradicionales y su alargamiento indefinido por la llanura orográfica han creado la dependencia entre la creación de rentas del suelo y la preponderancia de las instituciones de crédito.

Los grandes proyectos de infraestructuras llevados a cabo a lo largo del siglo XIX y a principios del siglo XX, tales como construcción de ferrocarriles, puertos, redes hidroeléctricas y de telégrafo e instalación de cables submarinos, impulsaron la creación de aquello que Karl Polanyi denominó de “haute finance”. De acuerdo con el historiador Alfred D. Chandler Jr., el auge de la construcción de la red ferroviaria en Estados Unidos produjo el impulso básico para el aumento de las empresas de construcción a gran escala y la creación de la moderna inversión bancaria inmobiliaria. La entrada del sector inmobiliario y de la construcción en el circuito industrial, bancario y financiero tuvo lugar, por tanto, a mediados del siglo XIX. El caso paradigmático es la reforma urbana de Paris planteada por Haussmann. Además de haber supuesto la primera gran remodelación urbanística llevada a cabo sobre el espacio tradicional compacto remanente de la época medieval, su financiación ya no se realizaría exclusivamente mediante recursos propios (consistente en imposiciones fiscales), sino que recurriría a otros instrumentos de financiación exteriores, es decir, entidades bancarias, entre las que cabe destacar los bancos creados por los hermanos Peréire, el Crédit Mobilier y el Crédit Foncier.

Precisamente el Crédit Foncier tendría un papel determinante en la creación del Banco Hipotecario de España. Originalmente, el Banco Hipotecario se constituyó como un banco territorial cuyo objetivo era la aportación de crédito relativamente barato para el agricultor. Hasta la creación del Banco Hipotecario, en 1872, la agricultura pagaba intereses de entre el 40 % y el 60 %, por lo que el objetivo práctico inmediato de la creación de un Banco Hipotecario era mejorar la situación de crédito a los campesinos, rompiendo las condiciones de usura que sufrían.

3 de octubre de 2014 / José

Ahorro e inversión

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(La Vanguardia, 2 de mayo de 1975)

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(La Vanguardia, 25 de abril de 1974)

27 de septiembre de 2014 / José

Entre lo propio y la pertenencia

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(ABC, 21 de octubre de 1962)

La forma de la vivienda, su tipología, distribución y superficie, se corresponden con un determinado concepto de naturaleza de la propiedad. Dicho concepto no es otro que el establecimiento de un vínculo indestructible entre propiedad y libertad. El derecho a la propiedad crea una esfera autónoma, traza una línea entre público y privado que convierte al propietario en un ente soberano. La propiedad, entendida como un derecho, tanto quiritario como revolucionario, es la condición para la libertad, que se consubstancia en la siguiente fórmula: uno tan solo es libre a través de la posesión. Así, la libertad habría nacido no de la lucha del esclavo para ser un hombre libre, sino del deseo del inquilino en convertirse en señorío. Si el derecho al voto define la libertad de todos, el derecho a la propiedad define lo que es apropiado a cada uno. Etimológicamente, la propiedad es algo que es propio de un individuo. Posteriormente, sería la jurisprudencia bizantina a desarrollar, con base en la derivación latina propius, el término propietas, que quiere decir pertenencia. En este sentido, toda vivienda es una fortaleza, un castillo donde los vecinos son potenciales enemigos. Si el derecho al voto es un derecho universal, el derecho a la propiedad es un derecho individual. El espacio público no es algo que exista por si solo, sino que es el resultado de la imposición de límites a la propiedad privada. Una calle, por ejemplo, es el espacio baldío que ha quedado vacío después de haberse construido una casa.

La propiedad, inicialmente un derecho ilimitado, fue adquiriendo una serie de limitaciones, cuyo punto culminante sería la separación entre el estatuto subjetivo del propietario (otorgado por la titularidad de la tierra) y el estatuto objetivo del suelo (derivado del planeamiento urbanístico). Siendo la propiedad la manifestación de la libertad individual, se interpreta como una usurpación del poder político la atribución, mediante el plan, de una función social a dicha propiedad. En este sentido, la propiedad, más que un poder físico sobre una determinada territorialidad, es un conjunto de restricciones jurídicas, pero también físicas, a que se encuentra sometido el señorío.

Una economía de mercado supone la aglutinación simultánea de la tierra, el trabajo y el capital. Y la vivienda no solo es la forma tangible y, por ende, espacial de producir y comercializar la tierra, sino que es la manera de convertir en ahorro el sueldo percibido por la venta de la fuerza de trabajo. El problema del espacio público y, por ende, de la ciudad, es la forma que le ha dado origen: la forma de la vivienda. El concepto de propiedad aísla la vivienda, convirtiéndola en omnipotencia, cuyos límites, al reforzar su intangibilidad, le atribuyen un carácter ilimitado. La propiedad se basa en límites, en unos límites entendidos no para integrarla en una unidad, sino para aislarla en su potencia y subjetividad. El límite de esta propiedad es el espacio público. Son los límites de la propiedad que generan espacio público, por lo que la condición para que el espacio público se expanda es la imposición de límites a la propiedad. El espacio público está lejos de ser la suma de espacios privados.

La identificación de propiedad con libertad deriva de la concepción de la propiedad como un contrapoder al absolutismo del Estado; tan solo la propiedad privada puede resistir a lo desmanes del Estado. La propiedad es un proceso de individualización de la sociedad, convirtiendo esta en una suma de sujetos, de la misma forma que transforma las ciudades en una suma de viviendas. El liberalismo nace de la oposición al absolutismo, por lo que aquel es la principal consecuencia de este. O, dicho de otra forma, el liberalismo es el momento en el que el poder soberano del absolutismo se cruza con el “yo” cartesiano, el momento en el que el yo se vuelve poderoso.

El proceso de racionalización que construye la ciudad consiste en el apoderamiento del cogito cartesiano por el taylorismo. La metafísica cartesiana fue el sistema filosófico manejado por los detentores del capital para dar inicio a los procesos de industrialización. Este programa cartesiano se consumó mediante la atribución de razón a la subjetividad. El cogito, el cogito ergo sum, el pienso, luego existo, será entendible como una característica individual, íntima y particular de los sujetos. Los procesos de racionalización infunden la idea de benignidad de la razón, la cual, bajo la forma de la organización, optimización, rentabilización, maximización y planificación, es la única forma de pensar de los individuos. El racionalismo se vuelve el lado más práctico y utilitario del pensamiento. El proceso de subjetivación de la razón tuvo por finalidad su utilización como herramienta de sumisión del sujeto al afecto básico que regula todas las acciones humanas: la voluntad de poder. Mediante el uso de la razón, el sujeto se convierte en un ser poderoso.

El término propietas significa aquello que pertenece a una persona y que, por tanto, es propio de ella. La propiedad sería, por consiguiente, un atributo personal que, primero, se modelaría y, después, se confundiría con el sujeto. Al ser un atributo personal, la propiedad es un instrumento para el ejercicio de la libertad.

La libertad se vincularía a una serie de comportamientos dominativos, cuya culminación sería la propiedad que un individuo tiene sobre sí mismo. Esta dominación, este poder que uno tiene sobre sí mismo (dominium sui) se extiende al poder sobre las cosas exteriores (dominium rerum). La libertad sería la transición del poder que uno tiene sobre sí mismo al poder que tiene sobre los objetos que están fuera de sí. La libertad sería, esencialmente, una consecuencia del poder (del dominium), mientras que la propiedad (esto es, la propietas) sería la única manera de tener poder (es decir, dominium). La propiedad de una vivienda satisfaría, simultáneamente, las necesidades de libertad y poder.

La subjetividad es la afirmación de la libertad, mientras que la propiedad es la manifestación material de la subjetividad. Ser propietario, en un regreso posmoderno al feudalismo, es ser poderoso. Así, la burbuja inmobiliaria restaura el antiquísimo vínculo entre riqueza inmobiliaria y poder, utilizando para ello la riqueza mobiliaria, es decir, el dinero, sea en forma de deuda o de capital.

30 de agosto de 2014 / José

Abandono del hogar

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(ABC, 19 de noviembre de 1961)

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(ABC, 1 de octubre de 1961)

Un hombre está en familia cuando está tranquilo en su casa. La familia es la negación de la política, de la misma manera que una casa es la negación de la ciudad. De ahí que la planificación urbana, realizada como si una ciudad fuera una suma de casas, sea una de las causas de la decadencia de la ciudad. La ciudad es el resultado de la agregación de elementos que la niegan. La decadencia de la ciudad deriva del hecho de que siendo, por naturaleza, un espacio político, es el resultado de la suma de espacios apolíticos, de casas. Este es el equívoco de la ciudad: el espacio público no es, en ningún caso, el resultado de la suma de espacios privados.

Una burbuja no es una casa habitable, sino una casa en propiedad. Una vez convertido en propietario, un habitante es, principalmente, un productor inmobiliario. La fenomenología nos dice que el habitante es el verdadero creador del espacio. Esto es absolutamente verdad, incluso para la economía. La superficie de una casa se mide en las horas de una jornada de trabajo, mientras que el trabajo se paga en los metros cuadrados de una casa.

Una de las variables más importantes en la composición económica de una vivienda, además de la relación fluctuante entre la oferta y la demanda, es el valor del suelo sobre el cual aquella se implanta. Lo que es verdaderamente objeto de adquisición en la transmisión económica de una vivienda es el terreno, y no la edificación, producto arquitectónico perecible e inhabitable con el paso del tiempo. Más que pretender un techo, quien compra una vivienda lo que verdaderamente desea es un suelo. Mediante una vivienda en propiedad, el habitante vuelve a formas propias de las sociedades agrícolas. La vivienda es la forma que el obrero tiene de seguir preso a una parcela de terreno.